En el Día Internacional de Acción por la Salud de las mujeres, les proponemos un minucioso análisis de las diferentes problemáticas que atraviesan las mujeres en torno a la salud.

En cuestiones de salud, mujeres y varones tenemos problemáticas semejantes, pero a la vez diferentes debido a factores que incrementan la desigualdad y empeoran el panorama para las primeras. Si bien las mujeres tenemos una expectativa de vida más alta que nuestros pares varones (73,8 años para las mujeres y 69,1 para varones aproximadamente), eso no significa que por ello tengamos asegurado gozar de una mejor calidad de vida. Tenemos tasas de mortalidad y discapacidad más altas, y dada nuestra mayor expectativa de vida, tenemos más probabilidades de sufrir enfermedades crónicas relacionadas con la edad.

En general, debido a nuestras funciones reproductivas contamos con un conjunto de necesidades que nos demandan particular atención, y con esto una utilización mayor de los servicios de salud, en cuestiones como anticoncepción, parto, puerperio, menopausia, entre otras. Hoy, en el día Internacional de acción por la salud de las mujeres, mencionaremos las principales barreras que siguen perpetuándose en detrimento de nuestros derechos, nuestra salud y bienestar integral, como así también los aspectos que aún faltan visibilizar y abordar con perspectiva de género.

PROBLEMAS EN EL ACCESO A LA SALUD SEXUAL Y REPRODUCTIVA

Afectan a 44 por cada 1.000 mujeres de entre 15 y 19 años, las cuales han tenido al menos un embarazo. Latinoamérica y el Caribe es la segunda región mundial con mayor proporción de nacimientos de madres adolescentes. En la Argentina, hay 700.000 nacimientos por año, de los cuales, el 16% proviene de madres adolescentes de entre 15 y 19 años (en algunas provincias equivale al 25%). Asimismo, el 69% de esas mujeres adolescentes no planearon ese embarazo y más de 3000 son embarazos de niñas de entre 10 y 13 años, conformando el grupo más preocupante, dado que en su mayoría son consecuencia de abusos, siendo en estos casos donde la ley otorga el derecho de intervenir el embarazo. Sin embargo y lastimosamente, son muchas las ocasiones en las que los profesionales de la salud vulneran los derechos de las niñas obligandolas a parir, anteponiendo sus propias creencias o argumentos, generando daños irreparables a la salud física y mental de las niñas.

Cabe destacar que obligar a parir a una niña, no solo es considerado una tortura, sino que también las probabilidades que tiene de sobrevivir a ese parto se reducen considerablemente.

ABORTOS CLANDESTINOS

La falta de datos sobre las muertes provocadas por abortos, (especialmente en los países en que la práctica no está legalizada) invisibiliza esta problemática como tal. Se estima que en Argentina se producen 450.000 abortos por año. A este número estimado, se llega en base a entrevistas con personas que trabajan en distintas áreas de salud sexual y mediante el análisis de casos de intervenciones hospitalarias relacionadas con abortos clandestinos, por lo que no existen datos suficientes para decir definitivamente la cantidad de abortos inducidos que se producen en el país.

Lo cierto, es que la ilegalidad condena a las mujeres más vulnerables a la muerte, producto de prácticas inseguras que utilizan a la hora de tomar la decisión de no ser madres. Son muertes que se podrían evitar legalizando la interrupción voluntaria del embarazo en hospitales públicos, reforzando también con políticas sanitarias tales como la entrega de métodos anticonceptivos y la promoción de los derechos sexuales y reproductivos, y una real implementación de la Ley de Educación Sexual Integral (ESI).

PUERPERIO

Si bien no está reconocida como una problemática en sí, sería de suma importancia que los sistemas sanitarios puedan brindarle a la madre información relevante sobre este periodo que se extiende normalmente entre 6 y 8 semanas posteriores al parto, dependiendo de cada mujer. En este periodo en el que el cuerpo materno, incluyendo las hormonas y el aparato reproductor vuelven a sus condiciones normales, se encuentra caracterizado principalmente por un agotamiento físico y mental producido en primer lugar por el parto y luego por los cuidados maternales. Es en este lapso temporal, donde se reconoce la falta de acompañamiento e información médica acerca del puerperio.

Luego del parto, los profesionales de salud profundizan en cuestiones relacionadas con la lactancia y cuidados del recién nacido, y los problemas que pudieran surgir si se ha tenido una cesárea o episiotomía, obviando “las partes oscuras”. En este punto, si la madre es primeriza, lo único que comprende es que debe encajar en ese estereotipo conocido de “madre correcta”, pero la realidad es otra, ya que culturalmente se atribuye a las mujeres toda la responsabilidad de asegurar el bienestar del o la bebé.

El puerperio es una etapa atravesada por múltiples sentimientos, como el miedo, incertidumbre, ansiedad, felicidad, tristeza, culpa, angustia y una dificultad para pedir ayuda debido a las presiones culturales que se construyeron alrededor de la figura de la madre. Después de parir, la mujer solo debe cuidar, y eso implica minimizar lo que le pasa en pos de cumplir con las expectativas que se esperan de una “buena madre”. Por ello, se trata de un dolor invisible, difícil de mostrar.

Teniendo conocimiento de los estudios que prueban los beneficios que trae el acompañamiento y la empatía en la salud mental de las mujeres puérperas, los profesionales de la salud implicados en atención materna, deberían dejar de romantizar la maternidad y dar visibilidad a las cuestiones devenidas del puerperio, advertir y dar consejos con perspectiva de género para poder sobrellevar esta etapa complicada. De igual manera, los hospitales públicos deberían ofrecer asesoramiento y acompañamiento para mujeres puérperas, a partir del impulso de canales como la atención telefónica, como así también la creación de lugares donde las madres puedan crear redes con otras que estén atravesando por el mismo proceso.

VIOLENCIA DE GÉNERO

La violencia que sufrimos las mujeres por nuestra condición no se trata solo de una problemática social sino que también responde a una cuestión de salud. El maltrato físico, no solo deja evidentes marcas, sino que también desde el punto de vista de la salud mental de la víctima, la exposición a una violencia o abuso emocional continuado, aún cuando no exista violencia física, provoca consecuencias muy graves como depresión, baja autoestima, trastorno de ansiedad, trastorno del estrés post traumático entre otras afectaciones, que requieren de un tratamiento terapéutico adecuado para superarlas.

En este sentido, la atención médica debe cumplir un papel fundamental no sólo en el tratamiento de las secuelas que deja la violencia de género, sino también en cómo prevenirla. Se deben fortalecer los sectores de la salud, la seguridad y la educación a través de políticas de prevención y capacitación constante en materia de género.

VIOLENCIA OBSTÉTRICA

Es aquella que ejerce el personal de salud sobre el cuerpo de las mujeres en los procesos reproductivos. Es una forma de violencia de género que se encuentra naturalizada y se practica de forma sistemática por los profesionales de la salud, conllevando traumas a nivel psicológico e implicando una vulneración de los derechos fundamentales. Este trato deshumanizado se expresa en falta de acompañamiento, malos tratos, falta de información sobre la evolución del trabajo de parto o del bienestar del o la bebé, cesáreas y episiotomías, anestesia y todo tipo de intervención sobre el cuerpo de la mujer y del recién nacido sin previo aviso.

El sistema de salud, considera a las mujeres solamente como cuerpos biológicos, en relación con la reproducción. La prioridad para el cuerpo médico es que el/la niño/a nazca en perfectas condiciones, postergando en la mayoría de los casos el derecho de las pacientes a ser tratadas con respeto.

TRABAJO DOMÉSTICO​ ​Y DOBLE JORNADA LABORAL

Las mujeres asumen la gran mayoría de las labores de cuidado y las tareas domésticas no remuneradas, casi seis horas diarias más que los varones.

Esto implica que no dispongan de tiempo para realizar tareas de estudio, esparcimiento u ocio. Son las únicas responsables de realizar las actividades para mantener el hogar, hecho que impide que, si así lo desean, puedan abandonarlas. A su vez, dicha falta de tiempo les imposibilita realizar actividades placenteras o que favorezcan su desarrollo personal, su autonomía y sus vínculos extra familiares.

Si bien las mujeres son las encargadas del hogar, al encontrarse subsumidas en relaciones desiguales de poder, que se reflejan en la disparidad en el ámbito doméstico, no tienen capacidad de decisión en relación a sus propios deseos e intereses.

El trabajo que hacen las mujeres como parte de la actividad doméstica ejerce una gran influencia en su salud. Estos efectos se ven invisibilizados y se expresan con daños inespecíficos como irritabilidad, dolores de cabeza, olvidos frecuentes, fatiga, angustia, temores, depresión, ansiedad y otros específicos como son las enfermedades psicosomáticas, gastritis, hipertensión, migraña, neurosis, esquizofrenia y psicosis.

Las trabajadoras que reciben una remuneración deben enfrentarse a lo que se define como la doble jornada laboral. Luego de trabajar por un salario, la casa las espera con tareas que deben ser cubiertas por ellas mismas, chocando en este aspecto, con la necesidad de realizarse en el sentido individual, en el ámbito de lo público, que es en donde se generan los reconocimientos sociales. Para poder hacer frente a estos dos contextos, asumirán estrategias que les permitan “autorealizarse”, comprendiendo el esfuerzo mayúsculo que eso conlleva.

La disparidad en el ámbito doméstico y su consecuente doble jornada laboral, dificulta la realización de prácticas relacionadas al cuidado de sí mismas, al empoderamiento, al desarrollo personal y a fomentar la autoestima. En este sentido, resulta fundamental la implementación de políticas públicas orientadas al cuidado integral de la mujer, a la construcción de establecimientos de cuidado público (para todas las edades) que alivien la situación, como así también el desarrollo de campañas de visibilización de las tareas de cuidado como factor de desigualdad con el fin de desnaturalizarlas como tareas propias de las mujeres.

MENSTRUACIÓN COMO FACTOR DE DESIGUALDAD

Se calcula que hay alrededor de 10 millones de personas que menstrúan en la Argentina. La menstruación, es un factor más de desigualdad social y económica. Una mujer que menstrua debe desembolsar una gran cantidad de dinero para acceder a los productos de higiene específicos para este ciclo, los cuales implican un gasto mensual que oscila entre los 970 y los 2200 pesos, dependiendo de la calidad de los artículos.

Gastar dinero en estos productos no es una opción, ya que tener el periodo menstrual no es una elección. Quienes se encuentran en situación de vulnerabilidad económica, son las que más sufren el elevado costo que implica comprar toallitas higiénicas o tampones. Es así que al no poder acceder a los productos de mercado, se utilizan métodos pocos higiénicos, como algodón, papel higiénico, telas o paños no impermeables, entre otros elementos que pueden generar infecciones del tracto urinario, problemas de salud reproductiva y hasta infertilidad. Además, la dificultad para adquirir los medios para gestionar la menstruación genera también ausentismo escolar y laboral.

Esta problemática que supone la adquisición de productos para el periodo menstrual suele invisibilizarse sistemáticamente mediante la construcción de un tabú y un estigma respecto a la menstruación que la posiciona en un lugar vergonzoso. Este tipo de apreciaciones, son fruto de una falta de contenidos que producen desinformación y ausencia de datos certeros a la hora de explicar correctamente la menstruación y las problemáticas que la rodean.

La menstruación debe dejar de ser vista como un tema exclusivamente de mujeres para abordarse como una cuestión de Estado, en pos de garantizar la igualdad de oportunidades para todos y todas.

Sería lógico aseverar que la igualdad en el acceso a los servicios de salud, debe contemplar a los factores de género en su totalidad. Sin embargo, la existencia de enfermedades o muertes de mujeres por causas previsibles, se traduce en una realidad que aún no ha eliminado las desigualdades entre hombres y mujeres, en lo que refiere a las oportunidades de acceso a la salud.

En resumen, el desarrollo de una perspectiva de género dentro de las prácticas médicas, propone un gran desafío para el sistema de salud, con el objetivo de modernizar y jerarquizar la salud de las mujeres.

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